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28 mayo, 2026María Madre de la Iglesia es patrona de nuestro Instituto.
Una de las características que el Beato Pedro quiso para las Discípulas de Jesús es la Ofrenda. «…Y esta ofrenda en María, Madre de la Iglesia, a quien amamos con amor filial» (Const., 9).

«María ha sido la persona capaz de hacer realidad el seguimiento de Jesús hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose así en la pobre de Dios, la obediente a la Palabra, la mujer de la disponibilidad y de la entrega, de la escucha y la oración, de la esperanza y la fidelidad. Por eso, María es para nosotras la certeza de que, si somos fíeles, es posible este seguimiento». (Const., 106)
En 2018, Papa Francisco, quiso que se celebrara en toda la Iglesia la memoria de la “Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia” el lunes después de Pentecostés.
Las Discípulas de Jesús ya lo celebrábamos mucho antes como solemnidad en ese día; además se nos concedieron los textos litúrgicos de la Misa y de la Liturgia de las Horas.
A continuación, dejamos para la reflexión las citas de las lecturas de la Misa y una oración del Papa Francisco a María, Madre de la Iglesia y madre de nuestra fe en la encíclica Lumen Fidei, nº60
1ª lectura: Alégrate y goza, hija de Sión – profecía de Zacarías 2, 14-17
Salmo responsorial: Me alegro con mi Dios – Lc 1, 46-48.49-50.53-54 (R/ Is 61.10b)
2ª lectura: Se dedicaban a la oración, junto con María, la madre de Jesús – Hechos de los apóstoles 1, 12-14
Aleluya: ¡Oh dichosa Virgen, que diste a luz al Señor, oh, dichosa madre de la Iglesia, que avivas en nosotros el Espíritu de tu Hijo Jesucristo!
Evangelio: Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre – Juan 19, 25-27
Oración a María Madre de la Iglesia (Lumen Fidei, 60)
¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

